miércoles, 9 de mayo de 2012

Ser libre...


¿A quién no lo persiguen miedos de algún tipo?


Lo aprendido a través del dolor, de las experiencias ingratas y lo que crecimos a pesar de nuestros temores, sólo podremos apreciarlo en retrospectiva. 


Durante un momento de dolor o cuando sentimos la presión de una ansiedad abrumadora, lo único que percibimos es la ausencia de paz, de alegría, de seguridad. 


Sin embargo, deberíamos recordar que ninguna carga penosa, ya sea la angustia que oprime y paraliza, o una relación en la que nos hemos convertido en víctimas, nos acontece sin nuestro consentimiento, no importa cuán pasivo
haya sido éste.


Tenemos la libertad de rechazar todas las cargas y las condiciones malsanas. No liberarnos de los pesares y aferrarnos a ellos pareciera ser una característica de la condición humana. 


Tal vez sólo sintamos desconsuelo al recordar las luchas que libramos, las que nos llevaron a la confusión o a no aceptar nuestra responsabilidad en ellas, pero esto mismo debería hacernos recuperar nuestras fuerzas y nuestras posibilidades de crecer.


No somos individuos indefensos y sin valor, a merced de nuestros vínculos afectivos, sino que somos socios absolutos, y en todo momento tenemos derecho y poder para restablecer los términos del contrato. No es necesaria una omnímoda voluntad, sólo hace falta el amor y el respeto a nosotros mismos.



Hoy soy libre para ser quien yo quiero ser. Para lamentarme o para luchar.


Para sumar o para restar. Para trascender o para quedarme.


Para aceptar o para rechazar. Para consentir o para limitar. Para estar en la cima o para estar en el llano.


Para ser yo quien camine seguro por la vida o para permitir que la vida me camine…




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