martes, 8 de febrero de 2011

San Juan de Puerto Rico, cuna de piratas

El Morro desde el aire.
La capital de Puerto Rico, una de las islas más bellas del Caribe, fue levantada como un fortín español. 


Hace 500 años las flores, los adoquines y las aguas fluorescentes llamaron la atención de los conquistadores. Medio milenio después, la colorida capital puertorriqueña continúa animando las almas de los que se dejan caer por esta frondosa isla.


Al pasear por el viejo San Juan aún se escucha el retumbe de la batería de los cañones españoles intimidando a los piratas invasores, con un poco de imaginación. Han pasado cinco siglos pero El Viejo San Juan, la parte antigua de la capital puertorriqueña, conserva su aspecto de fortaleza inexpugnable. Las casas floridas, las calles empedradas y los estrechos balcones alegran la vida de los boricuas.


Parece mentira que nos hallemos en la capital de un estado asociado de los Estados Unidos de América, Puerto Rico, una frondosa isla en mitad del Caribe. El español corre por las venas de los felices habitantes de este paraíso al que Cristóbal Colón, el descubridor oficial de estas tierras durante su segundo viaje a América en 1493, llamó San Juan Bautista.


La península del Viejo San Juan fue reconocida como Patrimonio de la Humanidad en 1984 por ser uno de los baluartes militares de los españoles mejor conservado del Caribe. Medio milenio después, la colorida capital puertorriqueña continúa animando las almas de los que se dejan caer por esta frondosa isla.


A fuerza de cañonazos, hierro fundido, piedras y esclavos africanos, Puerto Rico se convirtió en la única isla del Caribe en donde la industria y el comercio sobrepasaron a la producción agrícola. Franceses, ingleses y piratas atacaban una y otra vez este pedacito de tierra y masacraban a sus ciudadanos, por lo que los españoles decidieron construir una fortaleza tras otra.


San Felipe del Morro
Entre todas, destacan los castillos de San Cristóbal y de San Felipe del Morro. El primero se levantó en la zona oriental de la ciudad para evitar los ataques terrestres. El segundo, a cuyos pies se encuentra el colorido cementerio de Santa Magdalena de Pazzis, se edificó en la orilla occidental como defensa contra los ataques marinos. Unas murallas rodeaban toda la ciudad y unían los dos fuertes que hoy merece la pena visitar.


Unos dos millones de turistas exploran el fuerte de San Felipe del Morro cada año. Los domingos es posible ver en los alrededores del castillo a los niños y a las niñas puertorriqueñas haciendo volar sus cometas, a las que llaman chiringas. Dentro, abundan las exhibiciones de artículos de la época de la colonización usados por españoles, por indígenas y por africanos traídos del otro lado del Atlántico.


La historia de Puerto Rico es la historia de batallas sin tregua y de piratas sedientos de oro y ansiosos por controlar los barriles de licor. Cuenta la leyenda que el pirata inglés Sir Francis Drake era aficionado al maví, una bebida fermentada extraída de la corteza y la raíz de un árbol con el mismo nombre. Después de ingerir unos cuantos centilitros de este líquido que fabricaban los indígenas del lugar, los tainos, el caballero inglés lo pasaba genial, nunca mejor dicho.


En 1595, Sir Francis Drake se abrió camino a la fuerza por la bahía de San Juan, ciudad fundada en 1508 por el español Ponce de León. El objetivo del inglés era apoderarse de un cargamento de oro y plata que se encontraba en La Fortaleza de San Felipe del Morro.


De nada sirvió una gigantesca cadena que cruzaba la bahía de lado a lado para tratar de impedir la entrada de los barcos capitaneados por el malvado pirata a las órdenes de Isabel I de Inglaterra. Los artilleros de El Morro, bajo el mando del gobernador Pedro Suárez Coronel, hicieron blanco en la nave de Drake, haciéndola retroceder con un elevado número de bajas.


Tres años más tarde, Sir George Clifford, conde de Cumberland, desembarcó para asediar a El Morro y capturar al gobernador Antonio de Mosquera. Después de una breve ocupación y una epidemia de disentería que mató a 400 soldados ingleses, Cumberland abandonó sus planes de hacer de San Juan una base inglesa permanente en las Antillas.


Desde entonces, holandeses, ingleses, franceses y españoles se han disputado la estratégica isla, llamada en un principio San Juan. Los nombres se invirtieron y la capital, Puerto Rico, tomó la designación de la isla. Los piratas y los soldados europeos, rebosantes de maví y de ron, recorrían la bahía de Fajardo acongojados, pues de noche el agua se tornaba fluorescente al paso de las poderosas embarcaciones.


Los taínos sabían que la bioluminescencia era un efecto natural. No se lo pudieron decir a sus conquistadores europeos porque ellos, ademas de violar a las tainas y robar todo el oro, mataron a todos los pobladores autóctonos. Científicos estadounidenses descubrieron hace décadas que el maravilloso e inofensivo color amarillo-verdoso de las aguas se debe a millones de microorganismos que se tornan fluorescentes con el movimiento.
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